Hace mucho tiempo por los mares de la China, el “Estrella de plata” un galeón español, navegaba insensible a las tormentas, pero una mala maniobra hizo que un golpe de mar arrancara uno de sus palos. Necesitaban parar la travesía para arreglar los desperfectos, y por los milagros de la geografía, apareció en lontananza una isla que permitiría a los marinos hacer un alto en su viaje.
La tripulación se dirigió a tierra firme. Necesitaban madera para reparar el palo y de paso buscarían agua dulce y alimentos, ya les esperaban muchas jornadas para llegar a Cádiz.
Se repartieron en grupos y empezaron a explorar aquellos bellos parajes... El grupo que buscaba agua vislumbro a lo lejos una luz, y asustados por la posibilidad de que hubiera habitantes poco amigables en la isla, se dirigió hacia ella con sigilo... Vieron al llegar a un claro del bosque, que la luz venía de una cabaña en cuya puerta estaba sentado junto a un cofrecillo de madera y nácar, un viejo ermitaño entonando salmos a la gloria de Dios.
Es viejo dejó de entonar de repente y dijo en voz alta y clara “que se acerquen aquellos que me observan y escuchan mis oraciones a compartir conmigo la noche en que se celebra el nacimiento del niño Dios”...
El grupo de rudos marinos, como hipnotizados por la voz del ermitaño se dirigieron a la puerta de la cabaña... El viejo les contó como había llegado allí hacia años y les pregunto por las cosas que habían acontecido en el mundo durante ellos... Compartió con el grupo viandas y el grupo con él un vino de las tierras de Navarra y entre historias y endechas transcurrió esa animada velada...
El viejo les dijo donde podían dirigirse a por agua y empezaban a despedirse cuando alguien le preguntó que era lo que había en el cofre de nácar...
“Un gran regalo”, contó el viejo, “y como me dijo aquel viejo chino de Beijing, un regalo mágico, que sólo podrá tener un dueño. Pero el regalo no será de quien posea el cofre, sino de quien el cofre quiera que sea. El cofre buscara un dueño para lo que contiene su interior...” De repente, el cofre se movió hacia el grumete Lope de Mendoza y se quedo pegadito a su lado... El viejo ermitaño dijo entonces. “Lleva el cofre contigo a España, el buscará a quien quiera que sea su dueño”...
Lope de Mendoza no daba crédito a lo que estaba pasando, pero lo llevó consigo a España y lo guardo hasta su muerte... El cofre fue pasando, generación tras generación de mano en mano, pero no encontraba su dueño...
Un frió Enero, Antonio Mendoza, estaba cenando en su casa , cuando de repente, ese cofre mágico del que había oído hablar desde pequeño se abrió... De el brotó una luz como de fuego... y salió como una luminaria por la ventana de su casa... El regalo por fin había encontrado su dueño. Antonio se asomó a la calle ... La luz cruzo la Alhambra y se perdió en la noche...
Mientras tanto en Pekin un viejo que parecía tener mil años, llegaba al fin de su vida...
Las últimas palabras que salieron de su boca fueron... “La voz del cielo ha llegado a su destino...”